Ángelo caminó por el pasillo alfombrado en silencio, amarrándose con firmeza el cordón de su bata de seda negra. Al entrar a la guardería, la tenue luz de las lámparas nocturnas iluminaba las tres cunas idénticas donde dormían sus trillizos de apenas ocho meses. El llanto que lo había llamado provenía de la cuna del medio: la pequeña princesa de la casa estaba despierta, moviendo sus manitas con desesperación y con los ojos llenos de lágrimas por el hambre.
Con una ternura que nadie en el mundo