Luna
La habitación estaba sumida en penumbras, apenas iluminada por el tenue resplandor de unas velas que proyectaban sombras danzantes sobre las paredes. Afuera, la tormenta azotaba con furia los ventanales del castillo, pero dentro, el silencio solo era interrumpido por la respiración pausada de Vladislav.
Me senté junto a su cama, observando cómo dormía. Su rostro, normalmente severo y dominante, ahora mostraba una vulnerabilidad que jamás le había visto. Las heridas de la batalla contra el