Cuando la puerta de la habitación se abrió lentamente, dejé el libro que tenía en las manos sobre la mesita de noche. Damien entró, pero, a diferencia de otras veces, no se acercó directamente a mí. Cerró la puerta con llave a sus espaldas. Llevaba puesta la camiseta negra que le quedaba de la operación de ayer, y la expresión de su rostro... era más oscura y tensa de lo que jamás le había visto.
Sostenía un grueso y desgastado cuaderno encuadernado en cuero y un par de carpetas amarillentas.
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