—¿Has encontrado algo?
Casi se me sale el corazón por la boca al escuchar la voz de Damien mientras yo seguía peleándome con legajos polvorientos en el compartimento secreto de la biblioteca.
—¡Ay, Dios! —exclamé llevándome la mano al pecho.
Él estaba apoyado en el marco de la puerta, con la corbata completamente deshecha y los dos primeros botones de la camisa abiertos. Me miraba con una media sonrisa.
—Siguen siendo solo números y nombres extraños —dije, sacudiéndome el polvo de encima—. Pero