—No te voy a dejar salir de este ascensor hasta que haya arrancado ese maldito olor de tu piel.
En cuanto terminó la frase, Damien hundió el rostro en mi cuello. Su aliento me quemaba. Sus labios se cerraron justo sobre el punto donde el aire de Julian me había rozado al abrazarme, justo encima de la clavícula.
—Damien —dije jadeando, apoyando las manos en sus hombros anchos para intentar apartarlo—. Aquí no. Alguien nos va a ver...
—Que miren —soltó él, mientras sus labios recorrían mi piel. N