—Yo no voy a meterme en esa tubería de ácido ni loca —dije, dando un paso atrás frente al inmenso mapa de la biblioteca.
Damien, Jax y Marcus me miraron atónitos al mismo tiempo, como si las auroras boreales se hubieran apagado de repente. A Jax casi se le cae en el pie la navaja con la que estaba jugando.
—¿Cómo dices? —preguntó Damien, arqueando una ceja. Era evidente en toda su actitud que esperaba que yo protestara y me obstinara en entrar a esa alcantarilla, hombro con hombro, junto a él.