Nos quedamos allí hasta que el fuego finalmente se extinguió, y con él, la oscuridad de la noche dio paso a la fría luz de la mañana. Kieran aún estaba mal, pero la esperanza de su supervivencia estaba allí, tenue, pero presente. Mientras tanto, Viggo permanecía a un lado, sentado en el suelo, mirando al vacío como si el mundo ya no tuviera sentido para él.
—¿Dónde están mi madre y mi hermana? —me preguntó, su voz cargada de desesperación.
—No lo sé. Ulfric las tiene —respondí, con tono cansado