Regresé a la realidad, una donde la oscuridad me envolvía. Solo se oía la respiración áspera de la persona a mi lado. Me incorporé de golpe, con el corazón martilleando y los músculos tensos. Nos encontrábamos en una cueva sombría y húmeda. A mi lado, Viggo, sin camisa, con una herida enorme en su costado, la sangre brotando sin piedad.
—¿Qué pasó? —pregunté, con la vista fija en esa herida grotesca.
—Lobos... muchos de ellos, pero los vencí —respondió arrastrando las palabras, con una expresió