Cada minuto que pasaba con Kieran me llenaba de una inquietud horrorosa, un presentimiento oscuro que crecía en mi interior. Aunque ya no estuviera en esa jaula, algo en él me ponía alerta. Estábamos cabalgando hacia un destino incierto, y cada tanto, miraba sobre mi hombro, observando a Kieran, que avanzaba con una seriedad fría.
—¿Puedo… ir al baño? Me urge —murmuré.
Kieran detuvo el caballo de inmediato.
—Sí, claro —respondió.
Él bajó primero y luego me ayudó a descender, pero sentí las mira