(Narrado por Gabriel)
El motor de la camioneta rugía bajo mi pie derecho, un sonido que apenas lograba competir con el martilleo de mi propio pulso en las sienes. Ignoré tres semáforos en ámbar y le cerré el paso a un sedán que tuvo la osadía de ir a la velocidad permitida. Mi mente era un proyector averiado que solo pasaba una imagen: Isabella sonriendo, con esa curva peligrosa en los labios, sentada junto a un tipo que no era yo.
—Gabriel, por el amor de todos los santos y del manual del buen