El sonido rítmico y sordo de los guantes chocando contra el saco de boxeo era lo único que llenaba el gimnasio de la Estación 314. Gabriel no se había quitado el uniforme de trabajo, solo se había despojado de la chaqueta y enrollado las mangas de la camisa, revelando unos antebrazos tensos y cubiertos de sudor. Sus nudillos, protegidos apenas por unas vendas desgastadas, golpeaban el cuero con una violencia que rozaba la autodestrucción.
Cada golpe llevaba un nombre. Isabella. Olimpia. Cuatr