Narrado por Gabriel Calvelli
El apartamento de Olimpia olía a pizza recalentada y al desinfectante que Lucas usaba para todo. Estábamos los tres amontonados en la pequeña sala después de un turno agotador, pero mi mente no estaba en los hidrantes ni en los informes de Vargas. Estaba en el peso del celular en mi bolsillo.
Saqué la tarjeta que Isabella me había dado. El número estaba escrito con una caligrafía elegante, firme, pero con un trazo que denotaba cierta prisa. Respiré hondo y abrí una