Narrado por Gabriel Calvelli
Estaba sentado en el sofá raído del apartamento de Olimpia, con una bolsa de guisantes congelados presionada contra mi mejilla izquierda. El frío del plástico era lo único que calmaba el latido rítmico de mi cara, que a estas alturas ya debía de tener la marca de los cinco dedos de Isabella grabada como un tatuaje de guerra.
Frente a mí, sobre la mesa de fórmica, estaba la computadora portátil de Lucas. La pantalla estaba dividida en varios recuadros: en uno aparecí