Pero no estaban bailando como compañeros. Estaban pegados, los cuerpos fundidos en un vaivén perezoso. Isabella tenía la cabeza apoyada en el hombro de Nicolás, y él la sujetaba por la cintura con una familiaridad que me hizo ver rojo. Ambos se movían con esa fluidez peligrosa que solo da el exceso de alcohol; se reían de algo, susurrando palabras ebrias que solo ellos podían entender.
Sin embargo, lo que más me enfureció no fue la cercanía, sino la mirada de Nicolás. El idiota no estaba mirand