—¡Baja la voz, Gabriel! —le retó ella, dando un paso hacia él, desafiando su espacio personal—. No soy una niña a la que puedas regañar. Fui útil, salvamos a un hombre de entrar en shock hipovolémico. Deberías estar orgulloso de tu equipo en lugar de actuar como un dictador.
Gabriel soltó una risa seca, cargada de una amargura que Isabella nunca le había visto. Se acercó tanto que ella pudo oler el tabaco y el cansancio en él.