—No voy a dejar que me alejes más —dije, agarrando sus caderas con firmeza para que no pudiera moverse.
Apoyé mi palma extendida sobre la redondez de su vientre. Ella se puso rígida, sus manos volaron a las mías para intentar quitarlas, pero yo puse más presión, sin lastimarla, pero dejando claro que no me movería.
—Gabriel, suelta... —pidió ella, aunque su voz no tenía fuerza.
—No —sentencié.
Y entonces, ocurrió. Bajo la palma de mi mano, sentí un movimiento. No fue un golpe seco, fue un giro,