El día después del fallo, la ciudad despertó con un aire renovado. El fallo del tribunal aún resonaba en cada esquina, en cada conversación y en cada periódico. En la pensión, Isadora se levantó temprano, con la serenidad de quien había dado un paso decisivo. Desayunó en la mesa de siempre, pan caliente, fruta y café. Gabriel la acompañaba, repasando titulares en voz baja.
—Dicen que fue el fallo del siglo —comentó, doblando un periódico extranjero.
—No fue un milagro —respondió Isadora c