La luz de la mañana entró tamizada por los encajes de las cortinas del ala este. En el corredor, el ir y venir de pasos se volvió un murmullo permanente: mozos con bandejas, floristas que pedían agua fresca para los lirios, técnicos que probaban discretamente la iluminación de los patios. Isadora, ya en pie, respiró hondo frente al ventanal que daba al jardín de los naranjos. Había algo en el aire, una mezcla de azahares y expectativas, que la emocionaba y la inquietaba a la vez.
—¿Demasiado m