El sol se levantó radiante sobre los bosques de Liria del Norte. El rocío brillaba en las hojas, y el aire olía a flores recién cortadas. Desde muy temprano, la mansión de los Condes bullía de movimiento: diplomáticos, invitados internacionales, vecinos del pueblo y artesanos locales daban los últimos toques a la celebración que se había preparado en secreto durante semanas.
Las campanas de la catedral repicaban a lo lejos, pero no con un llamado solemne, sino con un júbilo que anunciaba que a