La ceremonia se había disuelto en una alegría mansa que lo impregnaba todo. El anfiteatro de piedra se transformó, casi sin que nadie lo advirtiera, en un salón al aire libre: mesas largas con manteles crudos, lámparas suspendidas en frascos de cristal, caminos de pétalos que nacían del altar y se derramaban hacia los jardines. El olor a pan recién hecho y a hierbas del invernadero se mezclaba con el perfume de los lirios que coronaban cada centro de mesa.
Músicos del pueblo tomaron lugar en u