La ciudad amaneció con una quietud tensa, como si el aire contuviera la respiración antes de un trueno. En la pensión, el olor a café recién hecho se mezclaba con el murmullo de voces en la calle. Los periódicos del día no alcanzaban a anticipar lo que estaba a punto de ocurrir; apenas hablaban de “avances” y “trámites en curso”. Nadie se atrevía a escribir lo que muchos deseaban: un fallo claro, sin rodeos, que devolviera a Isadora lo que le pertenecía por derecho y memoria.
Isadora se sentó