El sol entraba por los ventanales altos de la mansión, iluminando los pisos de mármol pulido. El silencio reinaba, pero era un silencio tenso, como el de una tormenta que aún no estallaba. En la sala principal, la televisión seguía encendida desde la noche anterior. La imagen repetida de Isadora, rodeada por su pueblo y reconocida por los representantes de Liria, se proyectaba una y otra vez en la pantalla.
Amara bajó las escaleras aún en bata de seda. Tenía el cabello despeinado y los ojos ro