El día parecía tranquilo, el sol entraba tímidamente por la rendija de la ventana de la pensión. Isadora despertó con la sensación de cansancio acumulado, pero también con la determinación intacta. Se levantó con calma, caminó hasta el baño al final del pasillo y, como hacía cada mañana desde que había vuelto a la ciudad, atendió sus necesidades básicas. El agua fría en sus manos y en su rostro le devolvió la frescura que necesitaba. Se miró en el espejo empañado y murmuró:
—Hoy será otro día