La ciudad dormía en paz mientras, en lo más profundo de la prisión Santa Lucía, Isadora Morel se aferraba a su propio silencio como si fuera un escudo. El vendaje en su abdomen estaba sucio. Su mejilla aún inflamada. No habían pasado ni veinticuatro horas desde la brutal golpiza. Y sin embargo, sus ojos ya no mostraban dolor.
Mostraban estrategia.
Cada golpe, cada humillación, cada mentira que la había arrastrado hasta esa celda oscura, había hecho más que herirla: la había obligado a despe