Las paredes eran grises, frías, sin adornos, sin compasión.
Las puertas no se abrían con pomos, sino con llaves metálicas oxidadas que chirriaban cada vez que alguien era encerrado. La prisión femenina Santa Lucía era uno de esos lugares que no salían en las noticias, donde el sistema se oxidaba con sangre y olvido, y donde la justicia se quedaba detenida en la reja de entrada.
Isadora cruzó el portón esposada, con el cabello desordenado, el rostro pálido y las muñecas marcadas por el metal