Las puertas del tribunal se abrieron con un crujido metálico que resonó en la sala como una advertencia. El mármol pulido del piso no reflejaba la luz, sino la frialdad de la justicia vendida. Las paredes eran altas, limpias… demasiado limpias. No para mostrar orden, sino para borrar la suciedad del alma que se arrastraba en las decisiones que allí se tomaban.
Isadora Morel ingresó esposada.
Con el uniforme beige de reclusa provisional, el cabello recogido y una mirada vacía. No habló. No p