Esa tarde, la mesa pequeña de la pensión parecía un despacho de campaña. Elías había trazado un diagrama a lápiz con tres columnas: Registro – Finanzas – Opinión. Nala pegaba con cinta las impresiones que Clara les había enviado cifradas: capturas con sellos de tiempo, listados de IP, certificaciones literales con firma húmeda de Rogelio.
—No hablemos de “derribar”, ni de “atacar” —dijo Isadora, consciente de que el lenguaje también construía destino—. Pensemos en ordenar lo trastornado. Esto