La mañana amaneció con una neblina baja que hacía brillar de plata los adoquines. Desde la ventana de la pensión, Isadora observó a los barrenderos empujar el agua hacia las alcantarillas y a los primeros vendedores acomodar sus cajones de fruta. Gabriel le alcanzó una taza de café.
—Hoy Clara intenta abrir el registro —dijo, sin adornos.
Isadora asintió. Apretó el broche de lirio, oculto bajo la blusa campesina que seguía usando para moverse sin llamar la atención.
—Si lo logra —respondió—, te