La oficina de Clara Estévez era discreta, situada en el segundo piso de un edificio de piedra antigua, con ventanas altas que daban a la calle. Los muebles, aunque sencillos, estaban cuidados, y el olor a papeles y tinta impregnaba el aire.
Isadora llegó de madrugada, acompañada de Sahira. Se sentaron frente al escritorio, donde Clara ya tenía desplegados varios documentos. Su rostro, serio y concentrado, denotaba que había pasado la noche entera trabajando.
—He comenzado a hablar con algun