La pensión donde se refugiaban olía a madera húmeda y a sopa vieja, pero les ofrecía lo que más necesitaban: anonimato. Isadora se mantenía la mayor parte del día oculta, con bufanda cubriéndole el rostro y un vestido sencillo de campesina, lo suficiente para pasar desapercibida entre los barrios humildes.
Elías había instalado un pequeño espacio en la habitación para revisar documentos, mientras Nala y Sahira se turnaban en guardia. Gabriel recorría las calles cada mañana, mezclándose con jor