El amanecer en la ciudad tenía un sonido diferente al del bosque. En vez de ramas crujientes y aullidos lejanos, se escuchaban los pregones de los vendedores, el golpeteo de las ruedas en los adoquines y el murmullo constante de la vida urbana. Isadora abrió los ojos en la pequeña habitación de la pensión, con el corazón palpitando fuerte. Cada día que pasaba bajo el disfraz de campesina era una prueba de paciencia, pero también una oportunidad para prepararse.
Gabriel ya estaba en pie, revisa