El bosque parecía no terminar nunca. Los árboles altos, con ramas retorcidas y hojas que crujían al viento, los acompañaron durante dos días y una noche de marcha constante. El frío de la madrugada mordía, y aunque los abrigos de pieles que Sahira había confeccionado los protegían, el cansancio se acumulaba en cada paso.
Elías, cargando siempre el maletín con documentos, murmuraba entre dientes:
—Prometo que cuando esto acabe, jamás volveré a caminar con tanto peso.
Nala le lanzó una sonrisa