El sol entraba tímidamente por las ventanas de madera de la cabaña, filtrándose entre las cortinas bordadas a mano. El aroma a pan recién horneado y café llenaba el aire. Por primera vez en doce días, Isadora despertó en una cama blanda, con sábanas limpias y un techo que no amenazaba con derrumbarse.
Gabriel ya estaba de pie, conversando con el anciano en la cocina. Elías y Nala dormían aún, agotados, mientras Sahira revisaba sus armas improvisadas y las botas de cuero que había reforzado con