El eco de la última antorcha encendiéndose pareció despertar a la montaña. La cueva respiró con ellos, como si el aire antiguo —dormido durante décadas— regresara a la vida para mirar a sus nuevos dueños. Isadora dio un paso hacia el centro de la cámara, aún temblorosa por lo que había leído en la carta de su madre la noche anterior. A su alrededor, cofres vetustos, arcones con herrajes entumecidos por el óxido y cilindros de cuero atados con cordel esperaban manos que los comprendieran.
—No e