El frío en las montañas se intensificaba cada noche. El fuego apenas bastaba para mantener el calor en la cueva, y los abrigos ligeros con los que habían saltado del avión eran insuficientes.
Fue Sahira, la guardaespaldas, quien tomó la iniciativa. Una tarde, después de que Nala y Elías regresaran con carne fresca de un ciervo cazado, se arrodilló frente al fuego y desplegó las pieles secas de los animales que habían cazado durante la semana.
—No podemos seguir así —dijo con tono firme—. El b