El bosque era vasto, un mar de árboles que se extendía más allá de lo que la vista alcanzaba. Tras el salto en paracaídas, el grupo había logrado reagruparse, aunque agotados, heridos y desorientados. El avión caído ya no era visible, y el eco de los motores se había desvanecido, dejando únicamente el crujir de las ramas y el canto de aves lejanas.
Isadora, con las manos aún entumecidas por la caída, respiraba con calma.
—No nos persiguen —dijo al fin—. Eso nos da tiempo, pero también signifi