El cielo sobre Europa estaba despejado cuando el avión despegó de Bruselas rumbo a Liria del Norte. El interior de la aeronave parecía un santuario seguro: asientos tapizados en cuero, ventanales amplios y un silencio apenas roto por el motor. Sin embargo, nadie dentro estaba del todo tranquilo.
Isadora, junto a Gabriel, mantenía la mirada fija en la ventana. Nala revisaba constantemente su equipo electrónico, y Elías tecleaba sin parar en su portátil, monitoreando señales externas. Sahira, l