Las luces de la mansión Leclerc estaban encendidas a medianoche. Amara se paseaba descalza por el salón, con una copa de vino a medio terminar en la mano. El eco de los noticieros aún resonaba en el aire: titulares que la señalaban a ella y a Damián como responsables de un fraude internacional.
—¡Malditos todos! —gritó, arrojando la copa contra la chimenea, que se hizo añicos en el suelo de mármol.
Damián apareció desde el estudio, con el rostro cansado y los ojos rojos por las noches en vel