El sol apenas despuntaba cuando Isadora se levantó del escritorio improvisado que había convertido en centro de operaciones. Los documentos digitales iluminaban la pantalla, cada uno con sellos notariales, firmas de abogados extranjeros y rastros financieros que vinculaban a Amara y Damián con el robo de su herencia.
Gabriel, que había velado junto a ella toda la noche, le acercó una taza de café.
—Hoy cambiamos el juego, Isadora. No se trata solo de exponerlos; se trata de sellar tu nombre