El aire se sentía denso en las montañas donde estaba oculto el refugio. Los primeros rayos del sol apenas iluminaban el horizonte, y ya la sensación de que algo terrible se acercaba recorría cada rincón de la fortaleza.
Nala, con los auriculares puestos, monitoreaba las cámaras externas y los detectores de movimiento.
—Vehículos en la carretera sur —dijo con tono grave—. Están tratando de mantener las luces apagadas, pero se ven en el espectro infrarrojo. No son turistas.
Gabriel, que perma