La villa, junto al Mediterráneo, amaneció envuelta en una calma engañosa. El mar golpeaba suavemente contra las rocas, y la brisa llevaba consigo el aroma salino que se filtraba por los ventanales abiertos. Pero dentro de esas paredes, la atmósfera era todo menos tranquila.
Isadora Morel llevaba más de una hora en el gimnasio privado, con las manos envueltas en vendas, golpeando el saco de boxeo con una precisión milimétrica. Cada golpe era un eco de todo lo que había vivido: el desprecio de s