Las luces blancas del búnker subterráneo apenas parpadeaban, como si incluso la electricidad supiera que algo crucial estaba por suceder. La sala de estrategia era amplia, con una mesa ovalada de acero pulido en el centro, pantallas holográficas flotando sobre los extremos, y una atmósfera tan densa que se podía cortar con un cuchillo.
Isadora se sentó al centro de la mesa. Vestida con ropa táctica negra, su postura era erguida, su mirada afilada. A su derecha, Gabriel repasaba documentos digi