Varios hombres y mujeres en uniforme negro, armados y con expresiones impenetrables, los esperaban en la pista. No había saludos ni palabras de bienvenida, luego con solo gestos rápidos, miradas que escaneaban cada movimiento, cada gesto, como si esperaran un segundo ataque en cualquier momento.
El general Armand fue el primero en acercarse. De complexión robusta y rostro curtido por los años en zonas de conflicto, su sola presencia imponía. Observó a Gabriel, luego a Isadora, y finalmente a