La mañana amaneció serena, como si Bruselas quisiera regalarles una última caricia antes de dejarlos partir. Isadora observaba desde la ventana los tranvías que avanzaban con su lentitud acostumbrada, el humo de las panaderías escapando entre los techos de tejas y el canto lejano de un violinista callejero.
Gabriel entró con dos tazas de café. Le entregó una sin decir palabra. No necesitaban muchas frases esa mañana. Ambos sabían que el tiempo de paz estaba por terminar.
—Hoy salimos de Bruse