La ciudad de Bruselas se alzaba con su arquitectura majestuosa, una mezcla de historia y poder moderno, como si la capital misma supiera que estaba a punto de presenciar un evento que cambiaría las reglas del juego internacional. Entre los preparativos diplomáticos, las medidas de seguridad y el bullicio mediático, una figura caminaba entre las sombras con paso firme: Isadora Lorrain.
Vestida con un abrigo largo color vino y gafas oscuras, había llegado al aeropuerto militar privado de la OTAN