El eco de su discurso aún vibraba en los medios, pero Isadora sabía que las palabras sin acción eran solo humo. La verdadera revolución no se gritaba. Se planeaba. Se ejecutaba en silencio.
Por eso, días después de su aparición pública, en un sótano acondicionado bajo el edificio I-88, comenzaron a reunirse las primeras piezas del tablero.
No eran políticos. No eran diplomáticos. Solo eran sobrevivientes.
Personas que el sistema había quebrado, pero no destruido.
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Nala fue la primer