Amanecía en la costa suiza. El sol acariciaba el lago como si derramara hilos de seda dorada sobre el agua. Era un día cualquiera en la agenda de diplomáticos, inversores y magnates… excepto para Isadora.
Porque ese día, Gabriel Belmont había decidido que ella dejaría de entrenar, rastrear o planear.
—Hoy no hay jaqueos, ni boxeo, ni ejercicios mentales —le dijo en la mañana, al servirle una taza de café negro—. Hoy... celebras.
Isadora lo miró, confundida. —¿Celebrar qué?
—Que estás viva. Está