La invitación llegó en sobres lacrados, sin remitente. Solo una flor de loto dorada estampada en relieve y una hora precisa: 9 PM, terraza del I-88, edificio más alto del país, recién inaugurado y envuelto en misterio.
Los rumores corrieron como pólvora.
Se decía que el anfitrión era Gabriel Belmont, el magnate europeo que nunca concedía entrevistas, el hombre que susurraba en la oreja de presidentes, directores bancarios y miembros de la realeza.
Pero lo que nadie sabía… era que esa noche n