El café de la esquina seguía igual.
El toldo verde, las sillas de hierro forjado, el aroma a café tostado que se colaba entre las calles de adoquines gastados.
Solo que esta vez, los tres ocupaban la mesa del fondo no como amigos… sino como conspiradores.
Rafael, con su abrigo negro y mirada inquieta, no dejaba de mirar hacia la puerta cada cinco minutos.
Elías, más sereno, tenía un cuaderno lleno de nombres, fechas y recortes impresos que había ido recopilando desde la supuesta muerte de Isado