El aire en la residencia Leclerc-Echeverri se sentía espeso.
La mansión, normalmente silenciosa y elegante, parecía ahora un mausoleo de oro: rica, inmóvil, y cargada de tensión contenida. Como si cada retrato colgado en los muros supiera que algo estaba por derrumbarse.
—¿Dónde está Amara? —preguntó Damián, cerrando su teléfono con fuerza.
—En la galería —respondió su madre, Doña Mireya Echeverri, sin levantar la vista del bordado que fingía tejer.
—¿Otra vez ahí? ¿Desde hace cuánto?
—Desde qu